Letras potosinas

Los cristales mágicos del abuelo Javier

+Diciembres en Venado SLP

Por Eva Ortega Jiménez*

En el Municipio de Venado, donde las cosas no están bien, existió un personaje: Don Javier, 80 años, ojos profundos verde esmeralda. Usaba pantalón de mezclilla, con camisa a rayas de manga larga, cabello como la nieve. Le gustaba caminar con una varita en el campo, a buscar la vida, como él decía, a cortar nopalitos, chocha de palma, tunas para hacer queso y en el invierno cazar algún conejo.

No tenía mucha fuerza en sus manos como años atrás, eso le hacía muy complicados los días, porque ahora estaba grande, y tampoco le ayudaban sus pies. Sarita, su esposa, de 78 años. Era bajita, de tez clara, ojos negros igual que la noche, con una sonrisa que se le hacían dos hoyuelos. Siempre calzada un par de huaraches de color café, falda amplia negra con flores alrededor, media gastada, con una blusa blanca llegando al amarillo.

Doña Sarita amaba a sus nietas. Era un festín tenerlas el mes de diciembre, estaba feliz. El invierno era duro, pero con el calorcito de ellas y la fogata estarían bien, se decía la abuela, mientras preparaba frijoles de la olla, café negro, tortillas, nopalitos, sopa de letras. Eso era lo que comerían todos los días. Esperábamos con ansia mis hermanas y yo las vacaciones con los abuelos.

Nos gustaba ir porque ahí no existía la tecnología, no tenían radio ni nada que se le pareciera. Las noticias sólo eran llevadas por el correo o alguien de confianza con la que mandaban de regreso, algún recado. Era para nosotras la mejor época del año.

Cuando íbamos a casa de los abuelos, mi mamá podía trabajar horas extras y ganar una poco más. La vida es cara, aun en estos tiempos; con tres niñas que alimentar, era demasiado.

—Busca algo aquí para que no vayas a la cuidad a lavar tanto, Juanita. Además te pagan poco — le decía la abuela.

—¡Pero mamá! Allá me dan para poder llevarles un taco a la boca a mis hijas, las puedo mandar a la escuela. No quiero que pasen lo que yo, con un marido que se fue hace ya más de diez años a los Estados Unidos.

Yo me daba cuenta de todo lo que pasaba a mi alrededor, con los abuelos y mamá. Aún estaba chica, de escasos diez años.

Diciembre era mágico. Era ir a disfrutar el campo, el café negro con piloncillo, los dulces de biznaga que hacía la abuela, oír el canto de los cenzontles, ver las águilas y las demás aves volar, los coyotes, oír el maullar de los gatos, el cantar del gallo. Un lugar tan agradable, no podrían existir días más felices. Pero algo muy curioso sucedía, no teníamos juguetes.

Como los niños de pueblo, jugábamos con piedras, haciendo casitas, un pedazo de tela era mí muñeca. No necesitamos nada, lo único que queríamos era estar con los abuelos. Una de las cosas que me hacía feliz era la llegada de la Navidad. Nos dejaba unos juguetes fuera de serie, figuras de cristal que no sabíamos de dónde llegaban. Eran preciosas figuras en forma de un gato, árboles, aves, soldaditos, nubes, pelotas, con las que nosotras, con la imaginación, jugábamos en el patio de atrás de la casita, muy humilde, de mis abuelos. Nos quitábamos los zapatos, porque no queríamos que se gastaran. Usábamos chanclas, porque la casita era de tierra. Nos gustaban mucho nuestros regalos, sabiendo que no eran muñecas, zapatos, vestidos o alguna de esas cosas más.

Con el tiempo, supe que mi abuelo Javier tallaba todas esas figuras con el corazón. Con sus manos cansadas sembró la magia, el amor, los sueños. Cuando Don Javier salía al campo y descubría una biznaga ya sin vida, se tomaba la tarea de sacarla de la tierra, y le extraía el corazón, un poco húmedo aún. Al llegar a casa lo escondía en la azotea, donde lo dejaba por meses hasta que se secara y el corazón estuviera listo para ser transformada en una bella pieza de cristal.

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